Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuentos. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de octubre de 2018

#NomellamesDolores

#NomellamesDolores
#NomellamesDolores  

El pasado mes de septiembre comenzó la nueva temporada de Onda Cabanillas y desde Pase de Guardia estrenábamos programa de una forma muy especial: Os presentábamos a Dolores, la protagonista de una nueva sección llamada #NomellamesDolores.

Pero... ¿Quién es Dolores?

Dolores es una chica joven con una vida normal y corriente a la que le van sucediendo una serie de acontecimientos en su vida personal y social que hace que nos vaya atrapando episodio a episodio; pero a la que también le van ocurriendo "dolencias cotidianas", de esas de las que nadie está exento de padecerlas en algún momento dado y que las aprovechamos para dar consejo sanitario y hacer educación para la salud, que no sólo le sirve a Dolores, sino que ¡se hace extensible a toda la población!

La puedes escuchar en directo todos los domingos a partir de las 19:00h desde la página web del Ayuntamiento de Cabanillas del Campo y muy pronto también desde el dial 107.0 de la FM. 

Y para que no te pierdas ningún capítulo, hemos habilitado una sección dentro del Blog llamada #NomellamesDolores donde puedes oir todos los episodios en podcast. ¡¡Ya no tienes excusa para no conocerla!!

domingo, 13 de noviembre de 2016

10 Soluciones prácticas contra el insomnio


La vía láctea entre un cielo estrellado
El mágico instante capturado por mi amiga Sara Herranz,
una noche insomne cualquiera.

-Ahhh!Hé Hueño!! -Dices en medio de un bostezo mientras te encaminas a la cama. Pones la alarma del despertador y una vez empijamado, te metes entre las sábanas esperando el abrazo de morfeo. 
Sin embargo, ese abrazo se hace de rogar. Ojos como platos y mil pensamientos agolpándose en la cabeza para no dejarte en paz. 
-Ahhrrgg!! -Gruñes y te retuerces entre esas sábanas que, por cierto, ¿están empezando a sobrecalentarse?. Entierras la cabeza bajo la almohada en un iluso intento de marcar distancia entre tus pensamientos y tu. Pero nada, allí siguen. ¡Espera! Hay uno nuevo en el que vas a detenerte: Duermeteeee que mañana vas a estar cansado y no vas a rendir!
-Mier**!! -Por si no estabas todavía agobiado. 
Te incorporas y miras la hora. -Qué??!! -Dices abriendo todavía más tus ojos insomnes. Han pasado dos horas y sigues sin dormir. Entonces entras en un bucle de agobio que, comprobado, va aumentando cada 2 horas.
Por fin, exhausto, el sueño se rinde ante tí. Cinco minutos después, suena el despertador.


Esta historia nos suena. De hecho, todos podríamos ser su protagonista una noche insomne cualquiera. Pero... ¿os imagináis sufrirlo noche tras noche?.

Podemos detectar el insomnio a pesar de las diferentes formas que tiene de presentarse. Cuando, como le ocurre al protagonista de la historia, existe una dificultad para conciliar el sueño, estamos ante un insomnio de conciliación; si existen períodos de vigilia durante el sueño, tendremos insomnio de mantenimiento y si lo que nos ocurre es que el último despertar es antes de lo deseado, nos encontraremos ante un despertar precoz.

El insomnio que dura menos de 1 semana se llama transitorio. Si dura entre 1 y 3 semanas, entonces es de corta duración. En caso de que su duración vaya más allá de las 3 semanas, estaríamos ante un insomnio crónico.

Aunque su causa es habitualmente primaria, es decir, su causa es la propia dificultad para conciliar el sueño, también puede ser secundaria o debida a factores ambientales, orgánicos, psiquiátricos, farmacológicos...

10 Soluciones prácticas contra el insomnio

  1. Intentaremos adoptar una regularidad en los horarios de sueño. El hábito ayuda a dormir.
  2. Evitaremos dormir y usar el dormitorio durante el día.
  3. Nos expondremos de forma adecuada, durante el día, a la luz solar. 
  4. Realizaremos actividad física durante el día, evitando llegar excesivamente cansado a la cama.
  5. Evitaremos acostarnos nada más cenar y tomar bebidas estimulantes por la tarde-noche (alcohol, té, café...), así como el hábito tabáquico.
  6. Distraigámonos de las preocupaciones del día al menos dos horas antes de ir a dormir.
  7. Una vez acostados, evitaremos ruidos, calor-frío excesivos, luz, etc.
  8. No nos esforzaremos demasiado en intentar dormir.
  9. Pongámonos prendas cómodas que no nos molesten durante la noche.
  10. Si nos despertamos por la noche, sin lograr conciliar de nuevo el sueño, nos levantaremos y en otra estancia, realizaremos una actividad reposada hasta que volvamos a sentir el sueño.


Si a pesar de llevar a cabo estos consejos, no lográramos conciliar el sueño, podríamos consultar con nuestro médico para  indicación de tratamiento farmacológico o realización de los estudios pertinentes.




BIBLIOGRAFÍA:
http://www.fisterra.com/salud/1infoConse/insomnio.asp


domingo, 24 de julio de 2016

¿PROBLEMAS PARA DORMIR?


Saltaban alegres los dos rubitos. Aquella noche Papá les contaría un cuento. Desde que mamá murió, no lograban conciliar el sueño sin antes escuchar uno. Papá nunca disponía de tiempo para hacerlo, tenía mucho trabajo. A la hora de dormir, les acompañaba hasta su habitación dejando al viejo cassette de narrador. Ellos le insistían, cuéntanos uno, uno pequeño, aunque sea microscópico ; pero Papá pulsaba el play.

 Esa noche le aguardaron ansiosos desde su cama. Cuando Papá apareció, les besó en la frente y mirando sus ojitos expectantes, se sentó al borde de una de las camas. Carraspeó y tomó aire para comenzar, mas no había terminado la primera frase cuando, sonrientes, los pequeños ya dormían. Aquella noche el sueño les había abrazado sin esfuerzo.
(Cuento Microscópico, Calinela) 

jueves, 16 de junio de 2016

Maratón de Cuentos en Guadalajara

Maratón Cuentos Guadalajara

Corría la primavera del 97. Sentados sobre una alfombra en su clase de 4º de primaria, como todos los días, los niños aguardaban las novedades y curiosidades a las que los profesores dedicaban el primer ratito de la mañana. Aquel día, el profesor anunció que un cuento escrito por uno de aquellos niños sería el elegido para entrar en el Libro Gigante del colegio, con motivo del Maratón de Cuentos que ese año llevaba por lema la música.
Hubo un gran revuelo. El Maratón de Cuentos de Guadalajara que ya llevaba unos años celebrándose, era para ellos muy emocionante. La ciudad entera se disfrazaba de colores y podían oir cuentos desde un engalonado Patio de los Leones hasta que sus papás decidían que era hora de dormir. El Libro Gigante no era sino un pedacito de imaginación y talento de los niños de cada cole que se exponía en una sala del Palacio del Infantado durante el Maratón.
Unos días después, aunque la elección estuvo reñida, hubo un cuento elegido: "El perro y la guitarra".
Su autora no daba crédito. Le había puesto muchas ganas y no podía disimular el entusiasmo. Apenas tenía 10 años y ese primer contacto con el "se puede lograr", le incentivó a seguir escribiendo cuentos durante muchos años más.
Hoy, esa niña que ya no es tan niña (al menos por edad, jeje) sigue escribiendo cuentos en este blog y os invita a todos los que os habéis pasado a leerme, a que os inmiscuyáis entre el mundo de los cuentos este fin de semana en Guadalajara, porque en cada uno se esconde siempre un mensaje que vale la pena escuchar. 

Cartel 25 Maratón Cuentos Guadalajara
#25maratondecuentos

domingo, 29 de mayo de 2016

Sol con uñas

¡Por fin! ¡Habemus colaboración!
Desde que comencé a escribir el Blog he estado abierta a recibir alguna colaboración (incluso en la pestaña "Contacto" tenéis un email donde podéis enviarme sugerencias) y hoy ¡por fin! voy a compartir la primera.
Se trata de un "Relato Breve" escrito por mi amigo y Co-R F. Trillo, un fenómeno como médico y un tipo sensacional. 
Con él he teorizado mucho sobre el mejor trato al paciente anciano y el acercamiento pese al choque generacional, sin dejar de sorprendernos con sus costumbres, expresiones y anécdotas cada día. 
Cuando me comentó que hacía unos años había escrito un relato breve en relación a uno de estos entrañables abuelitos, marcado por su rudeza, su lenguaje y soledad, tuve que pedirle que me dejase compartirlo por aquí.
Desde su sencillez, nos hace reflexionar en la soledad con la que castigamos a nuestros mayores, la intransigencia hacia sus extrañas costumbres y la fortaleza con la que disfrazan su fragilidad.

Espero que os guste este... 
Patience Escalier, obra de Van Gogh

SOL CON UÑAS


Tenía una casa con luz eléctrica de ciento veinte watios, una hija que no le hablaba y un nieto que lo visitaba de vez en cuando para reñirle por no lavarse y no comer. Tenía también seis ovejas y un prado cerca de casa donde las llevaba a pastar. Tenía 74 años y pesaba 45 kilos. Vivía a 43 kilómetros de la Puerta del Sol, y había ido allí tres veces. En invierno, cuando lucía el sol sin nubes y hacía mucho frío, saludaba a los vecinos diciendo "¡Hoy hace sol con uñas!". 
Un día acudió al consultorio porque le dolía la pierna. Todos los que le vieron quedaron muy sorprendidos. Allí mismo se desmayó por primera vez. 
La analítica del hospital estaba bien, así que lo mandaron de vuelta. "Está todo muy bien". Al día siguiente se volvió a desmayar. El vecino no tardó en darse cuenta, estaba pendiente desde el minuto en que echó en falta a las ovejas. Se lo llevó a dormir a su casa, porque apenas se podía mover. 
A la mañana del tercer día el médico salió del consultorio para verlo. Descansaba sobre un jergón fino y viejo de espuma amarilla, posado en la baldosa helada de color marrón del vestíbulo de su vecino. Tuvo que auscultarlo de cuclillas, pero acabó pronto. 
Murió al alba del cuarto día, boca arriba sobre el jergón fino y viejo. Estaba sucio de sudor, orina y excrementos mezclados con la tinta de las hojas de periódico que le habían colocado dentro de sus calzoncillos. Era un día de sol con uñas y el frío hizo que no oliese mucho.

F. Trillo, Médico de Familia.



sábado, 23 de abril de 2016

LA PECERA, un homenaje a ese "loco Quijote"

"La pluma es la lengua del alma" 
Cervantes.

LA PECERA

En homenaje a ese "loco Quijote" de Cervantes, en este día del libro.



Sentada sobre un viejo taburete roído por la carcoma, apoyaba sus brazos sobre la mesita que tenia enfrente, y sobre estos, su cabeza. Observaba, como si en ello le fuera la vida, los movimientos de un triste pez negro encerrado en una pequeña pecera sobre la mesa. La niña suspiraba. Con su aliento empañaba parte del cristal de la pecera. Allí acudía el pez y no se movía hasta que el vaho desaparecía al contacto del aire. Entonces, agitaba la cola impulsándose de forma graciosa hasta salir del agua, salpicando, al zambullirse de nuevo, la cara de la pequeña. 

Diminutas gotitas brillaban en la frente de Clara con los primeros rayos de sol que, curiosos, invadían su habitación. Abrió los ojos lentamente, mientras se quitaba con la manga del pijama aquellas gotitas de sudor; de un sudor además realmente frío. Le angustiaba la sensación de lentitud en el tiempo y de acción paralizada; aquél sueño de la niña y su pecera contenían una dosis equitativa de este par de ingredientes. Sin embargo, aún le angustiaba más ver que por tercera vez, en menos de dos meses, había soñado lo mismo. 

Unas horas más tarde recibía una llamada en su consulta. Clara sobresaltada, se apresuró a responder al teléfono, dejando a un lado el libro que estaba leyendo y con el que vagamente trataba de matar el tiempo. Bajo una encuadernación barata, ajada por el lomo y desgastada por las esquinas, se albergaba una edición anónima de una antología del Quijote. La había comprado en una vieja librería durante su viaje de fin de carrera. Lo guardaba con cariño, pues aquellas vacaciones habían sido inolvidables. Se le dibujaba una sonrisa cada vez que pensaba en las excursiones realizadas, las risas con sus compañeros y las noches de fiesta en los salones del hotel. Tampoco olvidaría aquel olor a anticuario que la envolvió al entrar en la vieja librería. Cuatro columnas de madera, algo astilladas y sin brillo daban albergue a más de diez mil libros. De allí no pudo salir con las manos vacías; las ingeniosas palabras del joven vendedor y su cálido acento árabe, en impecable castellano, la sedujeron: "señorita, a Don Alonso se le secó el cerebro y perdió el juicio de tanto leer; lo que le ofrezco es tan sólo una antología"

Ahora Clara trabajaba como psiquiatra en un pequeño apartamento del centro de la ciudad. Tenia apenas veintinueve años y una corta, pero intensa carrera profesional. En cambio, su día a día se había vuelto algo monótono y eso le comenzaba a crispar. Aquella llamada atenuó sus nervios y dibujó en su rostro una sonrisa, fruto de su estado de excitación. 

Viajera leyendo un libroEsa misma tarde hizo la maleta, sin olvidarse de guardar en ella el preciado libro. Cogería el tren hasta la ciudad vecina, donde habían reconstruido un hospital no hacía más de medio año. Entre los pacientes, procedentes todos ellos de lugares muy diversos de la geografía española, se encontraba un joven de no más de treinta años del que no poseían ninguna información. Seguramente los papeles se perdieran durante el traslado. El no había facilitado las cosas, pues no había abierto la boca desde que llegó. Es más, ni siquiera había abierto los ojos. Hacía dos meses que estaba recluido en una sala con un camastro, un retrete y una pequeña ventana por la que apenas lograría pasar el aire si esta se abriera. Muchos profesionales habían pasado por allí para atender el caso, mas nadie había logrado escuchar algo que no fuera un suspiro o un gruñido. No tenían pruebas evidentes de que sufriera alguna patología, pero su actitud planteaba la duda de que pudiera tratarse de un enfermo psiquiátrico. Este hecho les indujo a avisar a Clara, cuya respuesta no podía ser otra que la de acudir. 


El gran reloj de la estación del Norte marcaba con exactitud la media tarde. El tren de la joven irrumpió violentamente en el andén mientras las ruedas rechinaban contra la vía para frenarlo. Las puertas se abrieron y fueron muchos los que, como ella, se apearon. Clara se sumió de repente en un lugar grande y hermoso. Hileras de bancos de madera de estilo rústico flanqueaban el recinto y dentro, cafeterías, quioscos, máquinas expendedoras y taquillas se mezclaban bajo el contraste de los tonos rojizos y azulados que presentaban las paredes de aquella infraestructura. Sobre la pared central del edificio y trabajando sin descanso, se alzaba imperioso el gran reloj, único superviviente tras la guerra del 36, de aquel pequeño pueblo que sin proponérselo se había convertido en una bulliciosa ciudad. 

Todavía aturdida, Clara salió de la estación y se detuvo unos minutos; de pie y con gesto pensativo, veía como numerosos transeúntes caminaban sin tregua en todas direcciones por anchas aceras esquivando el frío del invierno. Muchas eran las tiendas que con escaparates atractivos intentaban hacer negocio. Las farolas ya se habían encendido y la calzada, aunque amplia y extensa, presentaba un denso tráfico de luces y cláxones. El cielo, abrumado por la contaminación, había rodeado los altos edificios con su pancarta de protesta gris; mas nadie parecía haberla visto. Clara suspiró, y tirando de su maleta, desapareció entre la corriente de viandantes. 

No tardó mucho en llegar al hospital. El lugar se encontraba en un barrio de las afueras, no muy lejos de la estación del Norte. Su fachada, mohosa y grisácea; sus ventanas, escasas y diminutas; y el jardincillo de la entrada, mole de tierra y hierbajos, salpicado de bancos desvencijados, no daban muestra de la reconstrucción del lugar y conferían al edificio un aspecto triste y lúgubre. Pese a la decepción que esto causó en Clara, esta se introdujo en el edificio sin vacilar. Lo que allí dentro vio, no fueron sino más motivos de depresión y melancolía. Un médico viejo, ridículo y con aires de notoriedad, la condujo, sin mediar palabra, hasta su cuarto. Durante el trayecto pudo ver numerosas habitaciones oscuras y malolientes, evidenciando la podredumbre que allí se respiraba. Su habitación, algo mejor que lo que había podido contemplar, se encontraba al lado de la de su paciente. 

No tenía ganas de cenar, y tampoco sabía si las tenía para permanecer allí. Sentía desvanecerse la ilusión del comienzo. Tumbada sobre la litera de aquel cuarto, decidió sacar la antología y leer para distraerse, alejando su mirada del manto de polvo acumulado sobre una solitaria mesita de noche. Sin más luz que la que, con gran esfuerzo, alumbraba una farola de la calle, se sumió en la lectura hasta quedarse dormida, acostumbrándose poco a poco al hedor que impregnaba al edificio. 

Por la mañana los rayos del sol, que reemplazaban a los de la triste farola, jugueteaban colándose por la ventana. Los más traviesos correteaban por la frente de Clara. Hacían brillar de nuevo a las gotitas de sudor que por ella resbalaban, evidenciando que había vuelto a soñar con la niña de la pecera. 

Asombrada de haber logrado dormir en aquellas condiciones, decidió comenzar su labor dirigiéndose hacia el cuarto de su paciente. Abrió la puerta con llave y entró. 

escultura de madera de Don Quijote
La oscuridad lo envolvía todo y las pupilas de Clara tardaron en hacerse a la penumbra. Entonces lo vio. Allí estaba su paciente, tumbado sobre su cama. Moreno de pelo, blanca su tez, enjuto y algo desgarbado, no parecía mucho mayor que ella. Mostraba sus lánguidos suspiros sumido en un profundo sueño, del que era obvio, no quería despertar. La psiquiatra paseó su mirada por aquella habitación: el mismo olor y la misma suciedad que en el resto del edificio. Se sentó con cierto recelo sobre el suelo, frente a la cama del joven. Extrañamente, se sorprendió mirándolo con ternura y asombro: había algo en él que le recordaba al Quijote de su antología.

Estuvo allí quieta, callada, arropada por un silencio que poco a poco se fue haciendo acogedor. Su mente trabajaba analizando al joven. ¿Por qué no querría despertar? De pronto, el silencio y sus pensamientos se vieron quebrados por un par de golpecitos en la puerta; la enfermera ya traía la cena. Clara quedó sorprendida; había permanecido ahí durante varias horas, como paralizada. Se levantó y todavía absorta en sus pensamientos se encaminó hacia la calle. Saldría a cenar algo fuera, al centro de la ciudad, por cambiar de aires. 

Los días siguientes se volvió a repetir la insólita escena. Allí delante del joven, nunca se aburría. Todavía no habían intercambiado palabra, ni siquiera él había despertado y sin embargo Clara se sentía cautivada. Era algo extraño, incluso para ella un sinsentido; pero después de tantas horas allí, mirándole embelesada, muchas hipótesis le rondaban la cabeza sobre aquella extraña conducta, consiguiendo, inesperadamente, desterrar la angustia que antes sentía hacia la acción paralizada. 

Uno de esos días en los que Clara se disponía a pasar las horas sentada frente a su paciente, llevó consigo su preciada antología. Una vez sentada frente a él, comenzó a leer en silencio. A cada rato paraba, miraba a su durmiente paciente y asentía. Proseguía la lectura cada vez más ansiada, más deprisa. Y cuanto más leía, más se detenía a mirar y a asentir. Finalmente, acabó el libro justo cuando la enfermera traía la cena. Aprovechando la coyuntura, salió de la habitación del paciente y se encaminó a la suya. 

Soñador incansable y con un deseo interno de evadirse de la realidad, fueron los dos ingredientes que hicieron de Don Alonso un loco Quijote; cualidades sin duda compartidas con el ahora paciente de Clara... Todo parecía encajar en su inquieta cabecita. Sin embargo, había algo que fallaba: no lograba entender a qué podía deberse aquél ferviente deseo de su paciente de evadirse de la realidad, ni de qué manera, siendo así, podría ayudarle.

Agotada, se dejó caer sobre su cama y Morfeo no tardó en abrazarla. Al despertar a la mañana siguiente, lo que brillaba en su cara no eran gotitas de sudor, sino pequeños senderos de lágrimas desprendidas de sus ojos. Clara había vuelto a tener su extraño sueño, pero por primera vez el final no había sido el mismo. Aquella niña que sentada contemplaba al pez negro, se había levantado y descuidadamente, había golpeado la pecera con su brazo. Esta se volcó y el pez cayó al suelo. Arrastrado por el agua vertida conseguía llegar a un río donde la niña, con lágrimas en los ojos, lo despedía. Clara desde la cama y sin secarse las mejillas, miró hacia la antología y sonrió: Ahora creía entender todo. 

Más enérgica que nunca, se abalanzó sobre el suelo. Rápidamente hizo su maleta y arrastrándola, se dirigió hacia la habitación de su paciente.

De nuevo, como en días anteriores, Clara volvió a introducir la llave para abrir la diminuta habitación. Al entrar, sus pupilas dilatadas, en parte por la penumbra, en parte por la excitación, examinaron el cuartucho que rodeaba a su joven paciente: Tan pequeño, tan oscuro... y con el mismo hedor que impregnaba al resto del edificio. Miró entonces a ese caballero de triste figura dormitando sobre su camastro y depositando la llave sobre su almohada, salió de la que sin ninguna duda, era la pecera de aquél pobre pez.

Con el corazón en un puño, abandonó rápido el hospital encaminándose a la estación. Una vez frente al andén vacío se detuvo a esperar su tren.

Pensando en todo lo acaecido y mirando de reojo al gran reloj, se llevaba la mano al pecho e inquieta, respiraba hondo. De pronto, otra mano cogió suavemente la suya y Clara sobresaltada se giró, encontrando frente a ella un joven de ojos negros y una sonrisa marchita que enseguida reconoció. Era la primera vez que lo veía despierto. 

Gracias, musitó el joven besándola en la frente. Después, desapareció perdiéndose entre los ríos de gente que se movían por los andenes mientras el tren de Clara irrumpía en la estación. 

Ella suspiró tranquila, con una sonrisa dibujada en su rostro. Aquél Quijote actual, atrapado en su insatisfecha realidad, merecía por fin disfrutar de una ansiada libertad. 

Tirando de su maleta, Clara montó en el tren recién llegado y se acomodó en su vagón. Estaba preparada para regresar a casa.


Maleta sobra las vías del tren


 La pecera, Calinela.



domingo, 27 de marzo de 2016

VIVIR


Nací soñando con crecer.
Crecí deseando madurar.
Maduré temiendo a la vejez.
Envejecí agobiado por la muerte.
Y en el lecho de muerte lamenté no renacer
 y vivir cada momento a su debido tiempo.

(Vivir, Calinela)

Vías del tren que se cruzan


domingo, 20 de diciembre de 2015

Cuento de Navidad


Hacía frío, pero por más que el pequeño Juan miraba por la ventana, no caía ni un mísero copo de nieve. Aburrido de las vistas, se encaminó hacia el salón de la casa de la abuela, donde ésta estaba colocando las últimas figuritas del Belén a pocos días de Navidad. 

Portal de belén con depresores linguales
A sus 6 años de edad y estando en primero de catequesis, la abuela consideró que Juan debía ser quien colocara la figurita del Niño Jesús. -¿Es la figurita más importante, abuela?- Le preguntó Juan orgulloso. -Claro, pues él es quien nos cuida a todos.- Le respondió la mujer.

Llegó la noche del 24 de diciembre y con ella toda la familia a casa de la abuela. Sin embargo, la cena se tuvo que suspender. La abuela de Juan cayó enferma y se encamó con una fiebre muy alta y una tos que sólo el escucharla hacía estremecer. Acostaron a Juan después de avisar al Doctor para que acudiese a casa a valorar a la abuela.  

A Juan, metido en su camita y con la luz apagada, una idea le rondaba la cabeza. A oscuras, se deslizó por el colchón y una vez en el suelo, a hurtadillas, llegó al salón. Allí, frente al Belén, estiró su pequeño brazo y a tientas, encontró lo que buscaba: El Niño Jesús, que a todos nos cuida. Eso era lo que la abuela necesitaba para recuperarse y él se lo iba a llevar.  Pero por desgracia, rodeado de tanta oscuridad, el pequeño tropezó y la figura salió despedida, haciéndose añicos al caer. Raudo, buscó los pedacitos y mientras los reunía, escuchó el timbre de la puerta de casa. 

El Doctor, que por edad debía ser Residente, entró en la casa y se dirigió a la habitación de la abuela. Le hizo una serie de preguntas, alguna algo desagradable (como cuál era el color del esputo), la auscultó y le dejó una receta. Se despidió con una sonrisa y justo antes de salir por la puerta de la casa, se detuvo. Sentado en el suelo, delante de la puerta estaba Juan, con su Niño Jesús hecho añicos entre sus manitas. Se había quedado dormido esperando al doctor, para que curase a la figurita. 

A la mañana siguiente, Juan se despertó en su cama con un beso sonoro de la abuela, que ya se había recuperado. La mujer sonrió y sacando del bolsillo de su bata un Niño Jesús remendado, se lo dejó entre las manos. -Corre. - le dijo a Juan. -Ve a llevarlo de nuevo al Belén para que siga cuidando de todos.


A todos los médicos que hacen guardias estos días,
a todas las personas que en estas fechas caen malitas,
y a todos los niños que con su ilusión nos motivan y alegran.


¡FELIZ NAVIDAD!

miércoles, 14 de octubre de 2015

Ignorantia juris non excusat

Puerta abierta de una consulta

Se enjugó las lágrimas, se sonó la nariz y suspiró. Apoyó sus dos manos sobre la mesa de la consulta y tras propinarle dos golpecitos contenidos, se levantó de la silla.

-O sea, que usted no me va a decir nada.

La doctora negó despacio con la cabeza. 

Aquella señora que hace unos minutos se deshacía en lágrimas, la miró desafiante y se marchó.

La escena que acabáis de leer, aunque ficticia, se repite muchas veces en las consultas de primaria. Suelen suceder cuando un paciente no quiere que nadie (incluyendo su familia) sepa de su situación, enfermedad o pruebas y de pronto un familiar, agobiado por lo que le pueda estar ocurriendo a dicho paciente, acude a la consulta pidiendo información. 

Recurren al médico de cabecera, al médico que trata a toda su familia y del que espera resuelva todas sus dudas; sin embargo, no comprenden que es el paciente el que, estando en plenas facultades mentales y no comprometiendo a la salud pública, es el único que decide qué hacer y a quién dar su información. 

Muchos podríamos pensar que darle información a ese familiar, que seguramente quiera el bien del paciente, no podría suponer ningún problema; no obstante, nos estaríamos equivocando. 

Ley de Autonomía del Paciente

Esta escena es sólo un ejemplo de las situaciones en las que, tanto médicos como pacientes, nos podríamos encontrar en algún momento. De hacer algo que no fuera lo correcto, podríamos vernos envueltos en un problema legal. ¿Por qué? porque "Ignorantia juris non excusat" o lo que significa "El desconocimiento de la Ley, no exime de su cumplimiento".


Con la vorágine de pacientes y el tiempo que requiere estudiar y estar actualizado en medicina, a veces dejamos relegado a un  segundo plano el estudio de las leyes. Como el conocerlas es fundamental y evitaría a veces disgustos innecesarios, aprovecho esta entrada para dejar por aquí el enlace al BOE sobre la Ley De Autonomía del Paciente; así todo el que esté interesado, puede consultarla.


domingo, 19 de abril de 2015

A las 6:00 de la mañana

Mafalda despeinada de madrugada

Residente a las 6:00 am

Muchos se echarán las manos a la cabeza; otros, en cambio, empatizarán asintiendo con tristeza... pero he de decir que a las 6:00 am después de 24 horas de guardia en urgencias del hospital... ¡¡¡ no doy más de mí!!! Aún así, sigo viendo pacientes hasta las 8:00 que acaba mi turno.

Cuadro de E.Munch
El grito
Recuerdo al último paciente que atendí sobre esa hora en mi última guardia. Mientras le explicaba a qué se debía su dolor de tripa (nada grave), su rostro iba cambiando de expresión. Tras acabar de informarle, no quedaba ni rastro de aquella sonrisa nerviosa con la que había entrado a la consulta. El gesto de su cara entonces parecía El grito de Edvard Munch.

Yo, como comprenderéis, a esas horas, no entendía qué podía estar pasando. Quizás el paciente no estuviera entendiendo bien el mensaje, quizás yo no estuviera tranquilizándole como necesitaba, quizás mi cerebro y mis palabras estaban disociados y no era capaz de transmitir mis ideas adecuadamente... pero aunque lo intenté por dos veces más, incluso lo intenté informando también a su pareja... aquel paciente se fue y yo no sabría deciros si se llevó la idea adecuada o no.

Sin embargo, el problema de la comunicación entre médico y paciente no es sólo puntual a las 6:00 de la mañana después de 24 horas de trabajo intenso. A veces aparece en pleno rendimiento cerebral y es que entre la jerga médica, los nombres tan difíciles de los medicamentos(que por si fuera poco, tienen genérico y marca comercial, usándose además indistintamente), los nervios que supone la consulta y las peculiaridades de cada  médico y paciente, ¡¡no hay quien se aclare!!. Y si no, que se lo pregunten al protagonista de la siguiente historia...


El médico le había diagnosticado el Mal del Destino. Hace días que se descomponía, mas nunca pensó en la muerte como opción. Y beba agua, también le dijo.
Morir. ¿Sería ese su destino, por ladrón?.
Sucesivas horas pasó entre cama y baño. Fiebre y delirio fueron invitados, incitándole a disculpar sus delitos por escrito.
Despertó esposado.
Se deshidrató, dijo su médico. ¿Qué más da, si voy a morir?. No va a morir, sólo está detenido. Pero ¡tengo el Mal del Destino!. ¿Eso entendió?, el médico rió; dije el Mal del Intestino.


El Mal del Destino. 

(Microcuento, Calinela).




lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuando se acerca el final...

Había mucha gente en la casa, mas sólo eran los allegados. El silencio que les envolvía únicamente se quebrantaba por la respiración intranquila del enfermo.
Junto a él, cogida de su mano fría y sudorosa, se encontraba una mujer de mediana edad. Con tristeza en su rostro miraba al enfermo cuya respiración cada vez se volvía más lenta y debilitada. 
Tras el último suspiro, aún con su mano cogida, le besó en la cara. Tragó saliva, se enjugó las lágrimas y recompuso su cara. Se volvió hacia la familia y abrazando a la recién viuda, le aconsejó ocupase su lugar. 
Descolgó de sus hombros el fonendo mientras se encaminaba hacia el salón. Miró hacia el viejo reloj de pared que seguía marcando su TIC-TAC ajeno a todo y comprobando la hora, certificó la Muerte del paciente.


Reloj que marca el paso del tiempo


Situaciones parecidas a la que refleja el relato viví el mes pasado, durante la rotación de Cuidados Paliativos Domiciliarios.
La medicina Paliativa es una visión de la medicina completamente opuesta a la medicina del diagnosticar y curar. Si recordáis el dicho "Curar a veces, aliviar a menudo y acompañar siempre", esta forma de medicina es la que mejor lo aplica.
El enfermo ya está diagnosticado cuando llega a sus manos; pero puede haber episodios intercurrentes que necesiten ser aliviados, pueden aparecer síntomas de su propia enfermedad que necesiten ser atendidos y por supuesto, puede necesitar apoyo y compañía (así como sus familiares) en todo momento y hasta el final.
El Equipo de Soporte de Atención Domiciliaria (ESAD), que es la unidad por la que roté, realizan todo el soporte paliativo en la propia casa del paciente, evitando al enfermo frágil los desplazamientos y permitiendo que estén acompañados en todo momento por sus seres queridos. 
La experiencia de trabajar con ellos emocionalmente ha sido dura, puesto que conoces al enfermo y familia en un momento crítico de sus vidas, y les acompañas día a día hasta el final, rodeándote de sus preocupaciones y empatizando con sus emociones. Pero también ha sido una de las rotaciones más enriquecedoras ya que se contacta con la parte más humana de la medicina, donde el sentimiento y la palabra del enfermo son lo más valioso y los protocolos quedan relegados a un segundo lugar.



lunes, 16 de junio de 2014

Os voy a contar un cuento...

Mi gusto por la escritura se remonta a tiempos inmemorables, aquellos en los que a penas  era una estudiante de primaria con una imaginación desbordante. Poco a poco esa imaginación se fue sustituyendo por narraciones basadas en experiencias personales, siendo el comienzo de la universidad el principal causante de que casi todos mis relatos se vieran impregnados de tintes médico-sociales. 
Os voy a contar un cuentoSin duda, una de las ramas de la medicina que más me ha influído a la hora de escribir ha sido la Psiquiatría. ¿Por qué? Quizás sea la complejidad de sus trastornos y el amplio desconocimiento que todavía se tiene de ellos (a pesar de los innumerables estudios que continuamente se están realizando) que me han permitido crear narraciones menos convencionales sobre escenarios corrientes.

Y aprovechando que dispongo de este Blog para mostraros alguna de aquellas narraciones, aquí os la cuelgo.
¡Espero que os guste!

AMIGA JULIA
Caminaban las dos juntas, descalzas para ser sigilosas. Con una mano sostenían las sandalias de tiras de cuero marrón y con la otra levantaban hasta la cintura el fino camisón de hilo blanco que vestían. La brisa de aquella noche empujaba dulcemente la suave tela en todas direcciones, compitiendo así con el gracioso vaivén de sus caderas al andar. 
La luna llena, silenciosa testigo desde el cielo, alumbraba su camino. 
Sara iba delante. Sus piernas largas aunque delgadas, se abrían paso de manera imponente entre la maleza. Aún con el gesto torcido y el ceño fruncido, su fina tez blanca desvelaba su juventud. Su larga melena castaña, aunque trenzada, intentaba escaparse ayudada por el traqueteo de su cabeza. Algún mechón de pelo, pionero en la huida, había logrado llegar hasta el tirante de encaje de su camisón. 
Intentando alcanzarla, Julia, sonriente, la seguía por detrás. Tenía el pelo más corto, pero curiosamente era idéntica a Sara en todo lo demás.

chica de blanco corriendo por un bosqueNo hacía mucho tiempo que se habían conocido y ya eran grandes amigas. La madre de Sara nunca ponía buena cara cuando se mencionaba a Julia en casa. Sus visitas revolucionaban la tranquila vida de su hija y, lo que era aún peor, despertaba con sus ideas una curiosidad por todo lo que le rodeaba que, por alguna extraña razón, siempre había intentado mitigar su madre. 
Sin embargo, esta vez Sara sabía que había llegado demasiado lejos; haber salido aquella noche a hurtadillas de su casa era lo más arriesgado que jamás había hecho. La sola idea de imaginar a su madre descubriendo su fechoría le aterrorizaba, pero fue tanta la insistencia de Julia para que salieran a divertirse que, aunque a regañadientes, la convenció. 
Por fin, tras dejar atrás aquél oscuro descampado, sus pies doloridos pudieron sentir la agradable sensación de la arena fresca de la playa. 
La luna, ahora coqueta, se miraba en el mar mientras numerosas estrellas la envidiaban repartidas por el oscuro cielo. 
Las dos jóvenes anduvieron por la orilla de la playa con las sandalias en la mano y el camisón ya suelto. Alguna ola valiente rompía más lejos que las demás. Mojaba con su paso el dobladillo de los camisones haciéndolos más pesados y burlando a la brisa que ya no los podía agitar. A medida que se iban acercando al pueblo, sus luces iluminaban más la playa. Pronto pudieron intuir el comienzo de un paseo marítimo. Sara se detuvo a contemplarlo, mas no por mucho tiempo; Julia desde detrás, sin perder la sonrisa, la había agarrado de un brazo y tirando suavemente, la arrastró hacia ese paseo. 
Una vez allí, la tenue luz de un reguero de farolas, todas revestidas de un mismo marrón oxidado, se perdía en la lejanía. Entre ellas se intercalaban de vez en cuando unas casetas de madera pintadas de blanco y cubiertas con una lona del mismo color. Julia, maravillada con todo aquello, corrió hasta detenerse frente a una de las casetas. Algo descarada, descolgó la parte izquierda de la lona y movida por la curiosidad, se adentró. Sara fue tras ella, pero más dubitativa, sólo asomó la cabeza. Ante sus ojos aparecieron, sobre una mesita de madera, abalorios de todo tipo y detrás, justo al fondo de la caseta se hallaba Julia, rodeada de vestidos de colores veraniegos. 
Minutos después volvían a colgar la lona. Ahora cada una llevaba su camisón en la mano y, con la idea de devolverlos al día siguiente, se habían vestido con uno de aquellos vestidos del fondo de la caseta. Bajo la farola más cercana, se calzaron sus sandalias de tiras de cuero. 
Sara se soltó el pelo y tras agitarlo suavemente con sus dedos, suspiró. Se había deshecho de su cara de enfado; al fin y al cabo, y por muy descabellada que le había parecido la idea de Julia, la había secundado y se estaba sintiendo bien. 
Sonrientes y llenas de vitalidad abandonaron el paseo, dejando bajo el suspiro de luz de aquella farola, los arrugados camisones de hilo blanco. 
Aquél no era un pueblo muy grande y sus calles, rodeadas de casas blancas, lo hacían muy acogedor.

Imagen nocturna de un pueblo de la costa
Buscando la zona de pubs, Sara y Julia comenzaron a subir por el empedrado de una calle bastante empinada. El alumbrado, tan tenue como el del paseo, pendía de unos farolillos también del mismo marrón oxidado. 
No tardaron mucho en encontrar la zona que buscaban. Allí, nada más acabar la calle, se abrió ante sus ojos una plaza llena de gente y rodeada por unos viejos soportales también blancos cuyas entrañas albergaban numerosos bares. En el centro, diversos grupos de jóvenes hablaban, reían y se divertían. Algunos sólo lo intentaban, ayudándose del botellón. 
Las dos amigas pasaron por delante de varios bares. Todos estaban muy concurridos, quizá en parte se debiera a las promociones que colgaban en internet a través de alguna red social. En la puerta de uno de ellos había aparcadas varias motos. Un par de novios discutían acaloradamente. Por los gritos que daban, Sara entendió que aquella pareja no podría regresar a casa en moto por mucho que el chico insistiera, su novia se resistía a dejarle las llaves en ese estado de embriaguez. 
Por fin, tras elegir uno que parecía ambientado en un patio andaluz, entraron. Había tres barras, todas cubiertas con cáñamo salpicado de cuando en cuando por las verdes hojas de una enredadera. El ambiente no estaba cargado, pues el local no tenía techo. En el centro de la pista había tres palmeras que se alzaban majestuosas perdiéndose en la negrura de la noche. Rodeándolas, había un pequeño muro de piedra grisácea con asientos tallados. 
La música, una mezcla de pop-rock actual, enseguida invadió a las dos jóvenes que se dejaron arrastrar hasta la pista, donde comenzaron a bailar. 
Casi sin darse cuenta, los ojos de Sara comenzaron a buscar a alguien entre la multitud. Sin mucho éxito, volvió a mirar a su amiga que se movía sin cesar. Siguiéndole el ritmo empezaron a sentirse el centro de todas las miradas. Un hormigueo en el estómago y unas ganas locas de reír le hicieron comprender lo feliz que era entonces. 
De pronto, una mano agarró por sorpresa la cintura de Sara y comenzó a rodearla arrugando suavemente su vestido nuevo. Ella, intrigada, comenzó a girar sobre sí misma jugando sugerente a un pilla pilla improvisado. Unos segundos frente a él bastaron para reconocerlo. Era Manuel, a quién antes había buscado sin querer con la mirada; el mismo al que desde hacía años miraba en silencio desde la ventana de su habitación. 
Pese a que ella conocía bien su pelo negro, sus ojos rasgados y esa sonrisa tan seductora, siempre había procurado que él nunca la viera, que jamás supiese que ella era su vecina. Y lo había conseguido. 
Allí, todavía en el centro de la pista, Manuel se había convertido en el cazador cazado. Ingenuo triunfador, mantenía firme su mano en la cintura de Sara, rodeándola sin querer dejarla escapar. 
El sonido tan alto de la música al principio sirvió de excusa para que Manuel pudiera acercarse al oído de Sara para hablarle, y más tarde, como pretexto para salir a conversar mientras daban un paseo. 
Antes de abandonar el bar, Sara echó un último vistazo al interior del local y sonrió al no encontrar a Julia. Seguro que había entendido la situación y había preferido dejarlos solos. De todas formas estaba tranquila, no sabía bien cómo se las arreglaba para aparecer luego en el momento preciso, pero sabía que en unas horas se reencontrarían. 
Una vez en la calle, guiada por la mano de Manuel llegaron hasta una de las motos que antes habían visto. Ahora ya no había nadie discutiendo. Montaron los dos, suerte que Manuel había conseguido otro casco y dando gas, se alejaron de allí. 
El corazón de Sara latía con más fuerza de lo que nunca lo había hecho. Sentada detrás de Manuel, lo rodeaba con sus brazos y lo estrechaba con sus manos. El viento movía su pelo que, travieso, se escapaba del casco. Sonreía y cerraba los ojos. Quería saborear aquél momento y guardarlo en la memoria pues no sabía si algún día podría repetirse. 
Bajaron de la moto cerca de la playa y caminaron por el paseo marítimo bajo aquella tenue luz que les proporcionaba intimidad. Hablando y riendo se perdieron en ese juego en el que sin querer participan los enamorados, hasta que comenzó a amanecer. 
Sara decidió esperar a Julia para regresar juntas a casa, pues no creyó conveniente que Manuel descubriera dónde vivía. La aguardó en el mismo puesto donde hacía unas horas habían adquirido sus vestidos. Tras un último beso en sus labios aún candentes, el joven se alejó en su moto. Como Sara había previsto, su amiga no tardó en llegar.

mujer mirando hacia el mar bajo la luna llenaLa luna las contempló por última vez antes de desaparecer. Se dirigían por la playa hacia el descampado que conducía a casa de Sara, pero antes de abandonar la fresca arena, Julia insistió en descalzarse para disfrutarla un rato más. Tanta era la felicidad de Sara que sentía que no cabía en su pecho. La noche había sido demasiado intensa.

El sonido de un viejo teléfono retumbó por toda la casa. Una llamada inesperada despertó a la madre de Sara. Con el corazón en un puño y la tez más pálida que de costumbre, corrió deprisa hasta la habitación de su hija comprobando que, efectivamente, no estaba en su cama. Rápidamente se abalanzó sobre la mesita de noche que había a un lado del pequeño cuarto y haciendo temblar la lámpara que sostenía encima, abrió su único cajón. Metiendo la mano hasta el fondo encontró lo que buscaba. La cerró y apretándola fuerte la sacó despacio del cajón. Se giró hacia la puerta de la habitación, donde ya estaba su marido y, con la cara descompuesta por el dolor, se abalanzó sobre él llorando amargamente. 
Una fina figura femenina de piel blanca y piernas firmes, de la que pendía una larga melena castaña revuelta con arena, yacía sobre la playa. Iba descalza, pero llevaba puesto un vestido veraniego. La sonrisa de sus labios todavía confundía si podía estar con vida. Así habían descrito a Sara ante la policía unos turistas aquella mañana. 
Pronto se había montado un dispositivo policial en la playa. Inmediatamente a su identificación se había avisado a sus padres. No muy lejos de allí, bajo una farola del paseo marítimo se hallaba un único camisón de fino hilo blanco: era el de Sara. 
El estudio forense tras la autopsia desvelaría días más tarde que se había tratado de una pequeña hemorragia cerebral. Quizá alguna emoción fuerte había dañado sus delicadas entrañas. 
Mientras tanto, la madre de Sara seguía llorando desconsoladamente. De pronto lanzó contra el suelo aquello que había sacado del cajón de la mesita de noche y había agarrado con tanta fuerza. Un montón de pastillas salieron entonces despedidas y se desperdigaron por toda la habitación. Sara, que llevaba toda su vida bajo tratamiento médico, sabía que cuando no tomaba aquellas pastillas durante algún tiempo, aparecía esa maravillosa amiga a la que llamaba Julia. Con ella se sentía arropada al hacer todo aquello que su madre le tenía restringido, incluso el salir a la calle. 
Aunque nadie en el barrio la había visto nunca, todos los vecinos sabían que, recluida en su casa, vivía la joven Sara. Aquella sobreprotección que había empleado su madre toda la vida, no había sido sino el motor de aquél terrible desenlace. No obstante, aunque aquella noche de emociones acabara con la vida de la joven, su forma de despedirse del mundo mitigaba el dolor de su pérdida. Paradójicamente, nunca antes había logrado mostrar una sonrisa tan viva.

Amanecer en la playa con huellas sobre la arena

lunes, 7 de abril de 2014

¿Retrasar una muerte inevitable?



Hace días que vi este cortometraje por primera vez y francamente, quedé impresionada...¿de dónde vendrá ese afán que a veces tenemos los médicos por salvar vidas sea como sea, por retrasar la muerte, por (en resumidas cuentas) evitar lo inevitable? ¿Acaso nos gusta jugara ser Dios? ¿O lo hacemos por aplacar el terrible miedo que la mayoría de las personas tenemos a morir o a perder a alguien? ¿Realmente, como médicos o como personas, entendemos que ha llegado el Fin?

Algunas mañanas, durante el pase de planta con el adjunto, me he encontrado frente a pacientes terminales, cansados y abatidos por sus enfermedades, que sienten en sus carnes cómo se acerca el final de sus vidas y lo esperan con resignación... mientras sus familiares nos hacen preguntas, rehuyendo a la muerte, aferrándose a cualquier esperanza de vida.
Yo entonces veía clara la situación; el paciente llevaba sufriendo durante mucho tiempo y necesitaba descansar, sus familiares deberían entenderlo y cuidar de él cuanto pudiesen, asumiendo el terrible desenlace, sin intentar agobiarle con medidas que a penas le alargaran la espera unos días más.
Una de aquellas mañanas, acudimos a valorar a uno de estos pacientes. No había solución, simplemente había que extremar las medidas de confort hasta que llegara el momento.
Entonces un nudo se me hizo en el estómago; ya no veía clara la situación, ni siquiera podía creer que no pudiésemos hacer algo más por él... en ese momento empaticé con sus familiares, yo deseaba que alargásemos la espera, no entendía que debiésemos dejarle simplemente marchar.

En cualquier situación, vista desde fuera, parece estar claro lo que hay y lo que no hay que hacer. Pero la solución se vuelve confusa si la responsabilidad recae directamente sobre uno mismo. Cuando yo veía a los pacientes terminales con ganas de marcharse a casa para morir tranquilos, rodeados de sus seres queridos en intimidad, no comprendía que sus familias intentaran por todos los medios mantenerlos en el hospital. Cuando acudí con el adjunto a extremar las medidas de confort de uno de estos pacientes, la necesidad imperiosa de hacer algo más por él me invadía.

Paciente que sale de puntillas de la UCI para no llamar la atención de la muerte
Nuestros antepasados asumían mejor la muerte como etapa de la vida de lo que la asumimos la sociedad actual. Recuerdo las múltiples historias que mi abuela me contaba sobre su vida, y como con una entereza pasmosa relataba cómo eran los velatorios en los pueblos, cómo visitaban al fallecido en su casa y la naturalidad con la que era entonces asumida la muerte de sus seres queridos. Quizás se deba a los cambios socioculturales que generación tras generación se han ido aconteciendo, a la falta de redes de apoyo, a la mayor accesibilidad a los servicios sanitarios que favorecen la dependencia de la sociedad... pero está claro que actualmente nos cuesta dejar marchar al enfermo sin hacer algo más por él, sin querer entender que ese "algo" no es ya necesario.

Aunque a todos nos cueste llegada la situación, deberíamos dejar a un lado nuestra preocupación sobre lo que nosotros creemos será mejor para el enfermo, abandonar la idea de alargar mínimamente su vida y centrarnos en pensar lo que realmente necesita. Debemos aceptar que para él posiblemente la muerte sea un descanso tras el duro camino de su enfermedad y la agonía de sus últimos días. Además, no olvidemos que seguramente prefiera aguardar ese momento en un lugar íntimo, como puede ser en su casa, rodeado de sus recuerdos y arropado por sus seres queridos, más que sobre una cama de un frío hospital.

Yo creo que nuestra misión, bien seamos su médico o su familiar, es lograr la sensatez de nuestros actos. Conocer lo que está sucediendo, asumir la situación y cuando no haya solución, primar las medidas de confort y acompañarlo de la mejor forma posible hasta que llegue su momento.

Para concluir, en relación a todo lo anterior, dejo estas líneas en forma de relato que escribí no hace mucho tiempo...

TRISTE NOTICIA
Tanto visitante inesperado la iba debilitando. No podía sino sonreír agradecida, aunque lo que deseaba era poder descansar tranquila. -Si por lo menos estuviese en mi casa...-musitaba en ocasiones para sí misma y ...lloraba.
Una mañana de invierno, entre las frías paredes de una habitación de hospital, la vida de aquella anciana solitaria expiró.
En días sucesivos, todas las revistas del país se hicieron eco de la triste noticia. El brillo de aquella estrella se había apagado definitivamente. 






Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...