lunes, 7 de abril de 2014

¿Retrasar una muerte inevitable?



Hace días que vi este cortometraje por primera vez y francamente, quedé impresionada...¿de dónde vendrá ese afán que a veces tenemos los médicos por salvar vidas sea como sea, por retrasar la muerte, por (en resumidas cuentas) evitar lo inevitable? ¿Acaso nos gusta jugara ser Dios? ¿O lo hacemos por aplacar el terrible miedo que la mayoría de las personas tenemos a morir o a perder a alguien? ¿Realmente, como médicos o como personas, entendemos que ha llegado el Fin?

Algunas mañanas, durante el pase de planta con el adjunto, me he encontrado frente a pacientes terminales, cansados y abatidos por sus enfermedades, que sienten en sus carnes cómo se acerca el final de sus vidas y lo esperan con resignación... mientras sus familiares nos hacen preguntas, rehuyendo a la muerte, aferrándose a cualquier esperanza de vida.
Yo entonces veía clara la situación; el paciente llevaba sufriendo durante mucho tiempo y necesitaba descansar, sus familiares deberían entenderlo y cuidar de él cuanto pudiesen, asumiendo el terrible desenlace, sin intentar agobiarle con medidas que a penas le alargaran la espera unos días más.
Una de aquellas mañanas, acudimos a valorar a uno de estos pacientes. No había solución, simplemente había que extremar las medidas de confort hasta que llegara el momento.
Entonces un nudo se me hizo en el estómago; ya no veía clara la situación, ni siquiera podía creer que no pudiésemos hacer algo más por él... en ese momento empaticé con sus familiares, yo deseaba que alargásemos la espera, no entendía que debiésemos dejarle simplemente marchar.

En cualquier situación, vista desde fuera, parece estar claro lo que hay y lo que no hay que hacer. Pero la solución se vuelve confusa si la responsabilidad recae directamente sobre uno mismo. Cuando yo veía a los pacientes terminales con ganas de marcharse a casa para morir tranquilos, rodeados de sus seres queridos en intimidad, no comprendía que sus familias intentaran por todos los medios mantenerlos en el hospital. Cuando acudí con el adjunto a extremar las medidas de confort de uno de estos pacientes, la necesidad imperiosa de hacer algo más por él me invadía.

Paciente que sale de puntillas de la UCI para no llamar la atención de la muerte
Nuestros antepasados asumían mejor la muerte como etapa de la vida de lo que la asumimos la sociedad actual. Recuerdo las múltiples historias que mi abuela me contaba sobre su vida, y como con una entereza pasmosa relataba cómo eran los velatorios en los pueblos, cómo visitaban al fallecido en su casa y la naturalidad con la que era entonces asumida la muerte de sus seres queridos. Quizás se deba a los cambios socioculturales que generación tras generación se han ido aconteciendo, a la falta de redes de apoyo, a la mayor accesibilidad a los servicios sanitarios que favorecen la dependencia de la sociedad... pero está claro que actualmente nos cuesta dejar marchar al enfermo sin hacer algo más por él, sin querer entender que ese "algo" no es ya necesario.

Aunque a todos nos cueste llegada la situación, deberíamos dejar a un lado nuestra preocupación sobre lo que nosotros creemos será mejor para el enfermo, abandonar la idea de alargar mínimamente su vida y centrarnos en pensar lo que realmente necesita. Debemos aceptar que para él posiblemente la muerte sea un descanso tras el duro camino de su enfermedad y la agonía de sus últimos días. Además, no olvidemos que seguramente prefiera aguardar ese momento en un lugar íntimo, como puede ser en su casa, rodeado de sus recuerdos y arropado por sus seres queridos, más que sobre una cama de un frío hospital.

Yo creo que nuestra misión, bien seamos su médico o su familiar, es lograr la sensatez de nuestros actos. Conocer lo que está sucediendo, asumir la situación y cuando no haya solución, primar las medidas de confort y acompañarlo de la mejor forma posible hasta que llegue su momento.

Para concluir, en relación a todo lo anterior, dejo estas líneas en forma de relato que escribí no hace mucho tiempo...

TRISTE NOTICIA
Tanto visitante inesperado la iba debilitando. No podía sino sonreír agradecida, aunque lo que deseaba era poder descansar tranquila. -Si por lo menos estuviese en mi casa...-musitaba en ocasiones para sí misma y ...lloraba.
Una mañana de invierno, entre las frías paredes de una habitación de hospital, la vida de aquella anciana solitaria expiró.
En días sucesivos, todas las revistas del país se hicieron eco de la triste noticia. El brillo de aquella estrella se había apagado definitivamente. 






1 comentario:

  1. Es un tema delicado el de la muerte, pero has sabido tratarlo con el cuidado que se merece.Enhorabuena!!

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